jueves, 8 de enero de 2015

EL MIRÓN DE ENFRENTE


Hay veces en la vida que te quedas con cara de pasta de boniato, y este es el caso que a continuación narro.

Pues señor, resulta ser que justo enfrente de mi casa viven unos vecinos, los pobres no tienen vida propia y se dedican a fisgonear en las vidas de los que les rodean, denuncian y pelean con todo bicho viviente en 300 metros a la redonda. Sufren un cierto apartheid vecinal, que ellos mismos se han currado a conciencia.

El caso es que pretendían tener patente de corso sobre el trozo de calle que da a su puerta con la idea de poder aparcar allí cada vez que llegaban a su casa. Siendo que allí aparcaba el que primero llegaba, tomaron la decisión de pedir al ayuntamiento que nadie pudiera aparcar en ese sitio concreto argumentando que si no era para ellos, no seria para nadie. Lo curioso del caso es que el concejal competente en la materia, en ese momento creo recordar que era de IU, entró al trapo y cuando alguien aparcaba en el sitio en cuestión llamaban a la policía que inmediatamente procedía a sancionar con una multa al osado conductor que aposentara sus reales en la zona de exclusión decretada arbitrariamente por el edil amiguete. Posteriormente y en un alarde de objetividad este concejal cambió los aparcamientos a mi acera, cosa que a mí me importó un comino y medio.

En cierta ocasión hubo un atrevido que aparcó en territorio comanche, la policía fue avisada inmediatamente y estaban multando al incauto cuando apareció por allí otro familiar, se formó la zaragata y al griterío me asomé a mi balcón, justo enfrente de la zona en cuestión, desde el que vi como el hijo del “dueño de la calle” asestaba un tremendo puñetazo al familiar que se quejaba de tan injusta situación. Los policías que estaban en ese momento detrás de la furgonetilla aparcada en  esa puerta no vieron la agresión, pero yo sí, y en panorámica, podía hacer un croquis perfecto de la situación de cada actor en la escena, padre, madre, hijo, policías, vecino, familiar e hijos, con lo cual y como buena ciudadana fui de testigo de la agresión en el juicio. ¡Mejor me hubiera caído una roca en la mollera! A partir de ese momento el leit motiv de sus vidas es joderme la mía.

 Insultos, fisgoneo, cotilleo, critiqueo, arañazos en el coche, ruedas pinchadas, incluida denuncia que interpusieron contra mí, no recuerdo ni el motivo, y que perdieron en primera, segunda y tercera instancia, lo que hizo que la jueza dictara sentencia “in voce” condenándoles e instándoles a mantener una buena convivencia vecinal so pena de ser condenados a pagar costas otra vez y multa en el próximo juicio por el que denunciaran al cualquier otro vecino infundadamente.

La principal diversión de tan agradable “señor”, ya jubilado, es estar todo el día pendiente de mis actividades, hasta tal punto que cuando abro las ventanas de mi salita, que da justo enfrente de su azotea  y mi calle es estrechita, el simpaticon en calzoncillos la mayoría de las veces, si es verano, se pone a fumar y a mirar, en ocasiones a insultarme si no pasa nadie por la calle. Esto lo tengo filmado.

La ultima e increíble hazaña de este buen hombre ha sido forzar mi buzón y robarme la correspondencia, y lo sé porque un vecino lo pilló in fraganti, atravesando la calle, abriendo el buzón y guardándose las cartas. El vecino me avisó de inmediato y está dispuesto a ir a donde haga falta a testificar.

El fisgón lleva tiempo intentando tener una buena pelea conmigo y con mi pareja, de forma que nos increpa a nuestra llegada a casa, nos espía desde la azotea, no sé si con la intención de autosatisfacerse posteriormente evocando las imágenes, nos critica en voz alta con cualquiera que pase por la calle, y como nosotros aplicamos la premisa aquella de que no hay peor desprecio que no hacer aprecio, ha dado un paso más y ahora ya nos roba otra parte de nuestras vidas en forma de correspondencia. ¿Será que le pone vivir la vida de otros?

Yo la verdad es que me río y me dan cierta pena de estas pobres personas, del tocapelotas y de su pobre mujer, que ante tanto despropósito no hace más que decir a quien la quiera escuchar que su marido está perdiendo la cabeza, supongo que con la intención de quitar hierro al asunto en caso de que haya una denuncia en cualquier momento.


¡La que ha liao el pollito!

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